Las citas no se pierden: se pierde todo lo demás. El historial de la clienta queda desperdigado en una conversación de tres años, los huecos libres no los ve nadie más que tú, y contestar para dar hora te come las tardes. WhatsApp funciona perfectamente como canal. El problema es usarlo como agenda.
Cuando una clienta vuelve a los cuatro meses y pregunta qué color le pusiste, la respuesta está en algún punto del chat, entre fotos y audios.
Una ficha con el historial contesta eso en dos segundos. Un chat, no.
Dar una cita por WhatsApp son cuatro mensajes de ida y vuelta: qué día, a qué hora, no puedo, pues entonces. Multiplícalo por las citas de la semana.
Una página de reservas hace esos cuatro mensajes sin ti, y a las once de la noche.
¿Haciendo estos números a mano? Clientísima gestiona agenda, clientes y cobros en un solo sitio.
Pruébalo gratis (30 clientes) →Un hueco que se queda libre a media mañana solo existe en tu cabeza. Nadie puede cogerlo porque nadie sabe que está.
Ese es el agujero más caro y el menos visible.
No hay que elegir. Lo que funciona es llevar la agenda en un programa y seguir hablando por WhatsApp con quien prefiera escribirte.
Tú apuntas la cita donde toca, y la conversación sigue donde siempre.
No. La reserva online se puede tener apagada y seguir apuntando tú las citas.
Siguen valiendo. Esto no sustituye tu forma de comunicarte, sustituye la libreta.
A mano, y es el peor rato de la mudanza. Lo razonable es meter las clientas según vayan viniendo.
Hoy los recordatorios salen por correo. El WhatsApp automático no está disponible todavía.
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