Aguanta más de lo que suele decirse. Con menos de cien clientas y una sola persona apuntando, una hoja de Excel hace el trabajo y no cuesta nada. Se rompe en tres sitios concretos: cuando hay dos personas tocándola a la vez, cuando quieres saber quién no viene desde hace seis meses, y cuando necesitas el historial durante la cita y la hoja está en el ordenador de casa.
Guardar nombre, teléfono y cuatro notas. Buscar con Ctrl+F. Y sobre todo: es tuyo, está en tu ordenador y nadie te lo puede cerrar.
Para empezar, es una decisión perfectamente razonable.
El día que entra una segunda profesional, Excel deja de servir. O lo tocáis por turnos o acabáis con dos versiones distintas del mismo fichero.
Ese es el punto de no retorno más habitual.
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En un programa de gestión son tres clics porque los datos están separados por campos, no por columnas improvisadas.
Mantén las columnas limpias: nombre, teléfono, correo y notas, cada cosa en la suya. Nada de «María 666… color 7.3» en una sola celda.
Si algún día migras, una hoja ordenada se importa en un minuto. Una desordenada se pasa a mano.
Sí, casi todos lo aceptan en CSV. Lo que decide si es fácil o un infierno es cómo de ordenadas estén las columnas.
Sí. Lo que exige el RGPD es que los uses para atenderlas y que no estén al alcance de cualquiera: una hoja sin contraseña en un ordenador compartido es el problema, no Excel.
Resuelve lo de dos personas a la vez, pero no lo de las preguntas ni el historial en la cita.
Cuando entre la segunda persona, o cuando dejes de saber de memoria quién te debe.
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